Grandes mitos de patio de colegio
A través de nuestra historia, esos mitos siempre h
an estado ahí, emponzoñando las mentes de nuestros ancestros, y animándoles a su vez a fabular aún más. Hoy en día, uno no tiene más que ver el telediario de Gabilondo o Alto y Claro (Curri Valenzuela for president) para comprobar que la tergiversación de la verdad no sólo sigue vigente, sino que está subvencionada.
Pero si hay un lugar donde estas leyendas y mitos cobran vida de manera esplendorosa, ese es sin duda el patio del colegio.
La mente de un niño, poderosa y cruel, es capaz de inventar las estupideces más asombrosas con tal de ganar 5 minutos de fama, o chulearse un rato engañando a los amiguetes. Y es en ese momento donde nacen los mitos de patio de colegio, unas mentiras inocentes con un poder de expansión que ríete tú del Pocero.
A continuación, pasaré a rememorar algunas de las más clásicas, que en su día me tragué con anzuelo, hilo y caña.
Como por ejemplo aquella historia de que si te echabas peta-zetas en la boca, y dabas un trago de coca cola, provocarías una reacción química de consecuencias similares a no apretar el botón de la estación cisne. Este bulo se convertiría años más tarde, una vez cambiadas las chuches por el botellón, en ese de que si bebes Bailey’s y coca cola, se te cristaliza la mezcla en el estómago y te mueres. Creo que de eso debió morir Carmina Ordoñez.
Las drogas fueron siempre un elemento de fascinación infantil. Nuestros padres y los anuncios aquellos del gusano nos habían llenado la cabeza de ideas vagas sobre unas sustancias letales cuyos verdaderos efectos desconocíamos, pero que como todo lo que te prohiben, nos atraía a la par que nos asustaba. Es por esto que algún Pedrito de turno llegó a la conclusión de que los cromos de La Pandilla Basura estaban untados de cocaína, para hacernos adictos desde pequeños. Algo en mi interior me dice que esta leyenda pudo partir de alguna madre puritana que descubrió horrorizada lo escatológico de los cromos, y se propuso hacer que su hijo renegara de ellos. Ilusa. Meditando hoy sobre esto de la coca en los cromos, me pregunto: ¿cómo cojones llegaba la coca a tu organismo? Quizá era como el veneno ese que sale en Chacal (la de Bruce Willis, no la buena) que sólo con tocarlo te mata. Pues esto igual. Los malvados cárteles de la droga colombianos, en su afán por conquistar el mundo y robar la navidad, inventaron la droga definitiva, coca por vía cutánea.
Claro que no sólo los citados cromos llevaban su dosis de droga. Multitud de caramelos diversos pasaban de la noche a la mañana a ser chutes camuflados, para disfrute de los más malotes del cole, que entonces comían el doble de estos.
Otro de los grandes campos de la mentira pre-puber eran los juguetes. De esta manera, todo juguete de moda conllevaba su correspondiente mito. Durante el breve pero intenso revival de las peonzas, empezó a circular una historia aterradora sobre las peonzas de punta de águila. Una punta tan afilada y letal, que el gobierno había decidio prohibirlas, convirtiéndolas así en objeto de deseo y carne de chanchullos y estraperlo. De esta forma, la única manera de conseguirlas era en el pueblo del primo del que se sentaba detrás de ti en Lengua, que por supuesto tenía una pero no la llevaba al cole para que no se la confiscaran.
Otra mode efímera y estridentemente noventera fueron unas pulseras super horteras, que consistían en una placa de metal cubierta de hilos de colores. Esta placa estaba inicialmente estirada, y la gracía estaba en que al golpearla contra la muñeca, se combaba y adoptaba la pose de pulsera, no a confundir con la pose de la grulla que hacía Daniel San. Pues bien, resulta que un niño de un colegio cercano, pero lo suficientemente lejos para hacer la historia inverificable, al ponerse una de estas pulseras vio con horror como el metal hacía de cuchilla, cortándole la muñeca y propiciando su muerte, o al menos una gangrena o algo chungo.
Me da en la nariz que alguna madre opusina debió encontrarse a su hija en la bañera con las muñecas cortadas, y no queriendo aceptar que su represión moral y las imágenes de Escrivá de Balaguer que adornaban el cuarto de su hijita la habían empujado al suicidio, decidió culpar a las pulseras, que así además les cubría el seguro.
Y podríamos pasar horas hablando de los mitos que rodeaban a los videojueos. Como eso de que las sombras del Street Fighter eran más rapidas, o que si te acababas el Tomb Raider sin morir ni una vez, salía Lara en pelotas. Las máquinas recreativas tenían también lo suyo, y así llegaba un día Pedrito jurando y perjurando que en el pueblo de su abuelo había una máquina del Street Fighter 3, donde Ken tiraba 4 hadukens a la vez.
Así es amigos, la mentira está en la calle. Todo vale con tal de llamar la atención, o parecer más interesante que los demás. Mi consejo: desconfíen. Cuando les venga Pedro a contarles que un primo suyo ha estado en EEUU y ha visto un capítulo de los Simpson donde el plutonio que coge Bart en la cabecera la de poderes y le convierte en super-héroe, no le crea. Si yo fuera ustedes, contraatacaría diciendo que el líder de los skin-heads es un negro que lleva una camiseta donde pone “Perdón por ser negro”, o que su tío que trabaja en Burger King le ha contado que la carne es de rata y palomas.
Ojo por ojo, bulo por bulo.
Paco Ponce de León

