Tengo que hacerles una confesión a todos aquellos que creen que el día de nuestra muerte seremos juzgados por nuestros actos y premiados con la subida al cielo o la bajada a los infiernos, es mentira. Ya no hablo de convicciones religiosas, voy más allá. Lo que nos han contado desde pequeños no es más que una sucia estratagema perpetrada por algún psicoanalista con hijos. ¿No entienden nada?
Una de las mejores maneras de restarle importancia a algo negativo es plantear un hecho aun más doloroso a posteriori. Imagínense que una mañana se levantan y pierden el autobús, les llueve, llegan tarde a trabajar y son reprendidos pero lo peor está por venir; su suegra llega hoy para quedarse un mes. Ante tal apocalíptica premisa que a uno le pille un coche queda en un clarísimo segundo lugar.
Si después de leer el título (ahora no vale) y el ejemplo anterior, no sabe por donde van los tiros no se preocupe. ¿Recuerda el día que se levantó y cuando le dijo buenos días a su madre su voz parecía un dial de FM?, o ¿aquella mañana en el colegio en el que Dios decidió que ya podías ser madre cuando tu contacto con el otro sexo había sido unos artículos picarones en una superpop? En efecto. Rondabas los 13-15 años y tu cuerpo era un caldo de cultivo hormonal, sin orden, sin paciencia, y sin sentido. Tu aspecto y tu mente cambiaban en un día lo que antes tardaba 6 meses. Mirarte en el espejo cada mañana era como jugar a “busca las 7 diferencias” respecto a la noche anterior. Lo mismo te crecía el seno derecho, que una nariz, que te salía pelo o simplemente sentías la necesidad colérica de arrancar los póster de tu cuarto que con tanto esmero habías colgado un año antes. Tenías ganas de tirar toda tu ropa, junto con tus discos y sentías necesidades que estaban por encima de tus posibilidades. No eras dueño de ti mismo, tus padres eran personas que no te comprendían y pedir consejo a tus amigos era difícil porque cada día ellos también cambiaban y lo que aseguraban un lunes era reprochado un martes. Encima es en esta temporada en la que más fotos te hacen y nadie sabe porque pero esas fotos son indestructibles. Por suerte hace unos años no había cámaras de fotos digitales, pobres adolescentes del siglo XXI.

Después de pasar por una época así, dónde tus cambios físicos eran fruto de una lotería hormonal, dónde nadie te comprendía y donde el milagro de la vida era llevar un cuerpo que no te pertenecía, me resulta imposible pensar que existe, todavía, un infierno, porque yo ya lo viví. Si la vida es un caos ¿por qué tiene que tener un final tan de película? ¿Un juicio final? Sería demasiado justo para ser real, mucho mejor que pagues por tus pecados antes de tenerlos. Cuando veo a una persona que la vida le ha sonreído, ya sea por sus logros, sus amores o su dinero pienso que tuvo que tener una pubertad muy puta. ¿Recuerdan a ese compañero de clase que tuvo una adolescencia feliz en la que incluso ligaba? Posiblemente esa persona estará muy jodida a día de hoy.
Para todos aquellos que sufrieron y se sintieron perdidos es este artículo. Ya han pasado un infierno y han salido adelante, lo que la vida les depare no será más que un camino de rosas por difícil que se presente. Ríanse cuando recuerden su pubertad y animen a sus hijos adolescentes a pasarlas putas en el colegio. Viva la edad del pavo. ¡Ministerio de la pubertad ya!